Querido Víctor:

He de confesarte una cosa. El día que me dijeron que estabas en coma tras haber sufrido un accidente con la bicicleta, aquel 23 de julio de 2018, me quedé más bloqueado que cuando tu madre me comunicó tu fallecimiento, en la noche del 23 al 24 de marzo. Aunque parezca sorprendente, en mi cabeza y en mi corazón encuentro una explicación a esto…

Amigo Víctor, siempre has sido una persona especial. Curtido por el acoso que sufriste de pequeño y por la temprana pérdida de tu padre, derrochabas carácter y afabilidad a partes iguales. Sabías que en esta vida había que luchar, pero no contra nadie ni por cualquier causa. Bien lo dijiste en ese último vídeo, que queda ahora como tu testamento vital: se trata de una batalla espiritual. Tus palabras recuerdan a las del Apóstol San Pablo en su carta a los Efesios: “Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes” (Ef. 6, 10-13).

Tu fortaleza estaba en el Señor. No era ningún secreto, porque así lo transmitías en todo momento. Hablando con algunos amigos en común hace unos días, coincidíamos en que uno no se quedaba indiferente después de tener una conversación contigo, ya fuera en la calma de compartir un rato de café o en uno de esos largos paseos que tanto te agradaban. Hablábamos de lo divino y de lo humano, de la fe y del misterio, de proyectos profesionales y de aspiraciones personales… Tu ilusión por la vida era contagiosa. Y yo, al menos, acababa siempre con el corazón ensanchado.

Guardo en mi corazón cantidad de detalles que has tenido conmigo. Destacaría tu acogida cuando empecé a vivir en Madrid. No en vano, me gusta hablar de ti como mi protoamigo madrileño. Me extendería demasiado contando otras anécdotas que hemos compartido. Sin embargo, me aventuro a apostar que uno de los días más felices de tu vida fue aquel 24 de mayo de 2014, fiesta de María Auxiliadora, cuando profesaste como franciscano seglar y tu querido Real Madrid conquistó la décima Copa de Europa. Entre medias de esos dos hitos tan especiales, nos hicimos la foto que ilustra esta carta.

He de decirte que busqué con ahínco en Roma la estatua de Octavio Augusto que me pediste, pero no hubo manera de encontrarla… En nuestra última conversación por Whatsapp, me dabas las gracias por intentarlo. Ahora me toca contestarte que el agradecimiento es de tus amigos hacia Dios por haberte puesto en nuestras vidas.

En estos últimos meses, tras recuperarte del accidente, te definías como “un guerrero de Cristo”. Como periodista, historiador y escritor, seguías impregnando tu trabajo del humanismo cristiano. Irradiabas una fe todavía más grande. Por eso, me gusta pensar, amigo Víctor, que Dios te ha pulido en los últimos meses de tu vida terrena. Tú, dócil como la Virgen María, te has dejado hacer y Él ahora te ha llamado a su encuentro. Y es por esto, querido Víctor, que el dolor por tu pérdida aquí mengua frente a la esperanza en que ya compartes la Gloria del Señor Resucitado.

Madrid, 15 de abril de 2020, miércoles de la Octava Pascua.

Manu Serrano